jueves, 27 de marzo de 2014

“Me ató, machacó chile picante y me lo puso en los ojos”

- Nagalaksmi, mujer india de 34 años, tras ser captada por una red de trata con fines de explotación sexual, logró escapar

"Éramos expuestas para que cada cliente eligiese la que más le gustaba. Les dije que podía hacer las tareas de la casa, pero no 'eso'"

El incremento de secuestros y desapariciones de mujeres y niñas durante la última década en Andhra Pradesh (India) ha sido de un 161,26%
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Nagalaksmi, mujer india de 34 años víctima de la trata con fines de explotación sexual que se negó a prostituirse
© Rafa Gassó
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"Un día discutimos más de lo normal y me roció con queroseno". La vida puede ser muy poco fácil si se nace en una de las regiones más deprimidas de la India: Andhra Pradesh, por ejemplo, un remoto secarral al sur del subcontinente donde el valor de una mujer lo determina, en el mejor de los casos, la familia del marido. Lo sabe bien Nagalaksmi, de 34 años, cuyo infierno comenzó cuando apenas sumaba 12 primaveras.
Acudimos a la región de Kadiri, a dos horas de carretera de la sede principal de la Fundación Vicente Ferrer que lleva su nombre en Anantapur. Allí, en la oficina donde se desarrolla uno de los muchos proyectos contra la violencia hacia la mujer, una de las principales lacras del país, nos espera Nagalaksmi, decidida a contarnos su historia en un relato que sólo puede (y quizá, debe) exponerse entrecomillado.
"Me casé muy joven, porque antes nos casábamos muy jóvenes, con un miembro de mi casta 35 años mayor que yo: él tenía 47. En nuestra cultura, cuando una mujer se casa, ha de irse a vivir a casa de la familia del marido. Y así hice yo, sólo que la familia de mi marido era muy grande y él empezó a no hacerme caso. Decía que yo hablaba muy fuerte y empezó a escuchar más lo que su familia decía de mí, que a mí misma".
"Cuando eres una niña sueles obedecer sin rechistar. No era mi caso. Yo me defendía, cosa que nunca le gustó a su familia. Un día discutimos más de lo normal y me roció con queroseno. Lo identifiqué rápidamente por el olor y supe de inmediato que quería matarme, así que cuando vi que venía con una cerilla lo empujé y salí corriendo a la calle. Por fortuna, los vecinos me protegieron", explica escondida entre sus ropajes".
"Volví a casa de mis padres y fuimos a denunciarlo, pero la policía no nos hizo caso y finalmente tuve que quedarme en casa con mis padres, que eran muy mayores y no podían trabajar. Me ocupé en el campo y en función del día ganaba unas 60 rupias (0,70 euros). En Andhra Pradesh, la mafia [de trata con fines de explotación sexual] está muy establecida; vigila quién está viuda, quién sola, y capta chicas necesitadas...".
Así es. Según la Oficina de Registro de Crímenes india, Andhra Pradesh es el segundo estado con más violencia contra las mujeres, sólo después de Bengala Occidental, una actividad delictiva que ha aumentado en más de un 71% en los últimos diez años. Naciones Unidas, además, y la Comisión de Derechos Humanos de India, sitúan el subcontinente como un importante centro de comercio sexual internacional, un fenómeno global que implicaría a más de 27 millones de personas.

El horror de la habitación 56

"Un día conocí a una mujer con la que hice amistad y me animó a dejar el campo e ir a la ciudad, donde había más trabajo y donde ganaría más dinero, cerca de diez mil rupias al mes. Ramanama, así se llamaba la mujer, me invitó a ir con ella a Hyderabad y yo convencí a mis padres. Cuando llegué a la estación de tren había dos hombres más con ella, pero hablaban en hindi, así que no entendía lo que decían porque aquí hablamos en telugu. Yo sabía que el trayecto hasta Hyderabad duraba una noche, pero estuvimos tres días en el tren. Les pregunté dónde íbamos y me dijeron que a Delhi. Allí nos recibió la madre de uno de ellos y nos llevó a GB Road", continúa Nagalaksmi.
GB Road es el barrio rojo más grande de Nueva Delhi, conocido por los burdeles de prostitución infantil que se ubican en las azoteas de "inocuos" edificios cuyos bajos albergan todo tipo de comercios legales.
"Me dejaron en la habitación 56, donde me trajeron comida, para que descansase. Al día siguiente me dijeron que me lavase, me llevaron a un salón de belleza, y de vuelta a la habitación me dieron ropa nueva. Pero no era un sari, sino un vestido trasparente. Y me explicaron lo que tenía que hacer".
Su trabajo no sería el de desempeñar tareas domésticas, como le habían prometido. Dependería de una Didi –"hermana mayor" en hindi, término común que se utiliza en el norte de India para dirigirse a las mujeres en edad adulta–, con 40 chicas a su cargo, narra Nagalaksmi despacio, con un hilo de voz apenas perceptible.
"Éramos todas niñas que habíamos sido captadas en los pueblos. Allí, sentadas alrededor de nuestra Didi, éramos expuestas para que cada cliente eligiese la que más le gustaba. Yo me negué. Les dije que podía hacer las tareas de la casa, cualquier cosa, pero no 'eso'. Entonces me enteré de que había sido vendida por Ramanama y los otros dos hombres, a mi Didi, por 70. 000 rupias", detalla.
El incremento de secuestros y desapariciones de mujeres y niñas durante la última década en Andhra Pradesh se ha situado en un 161,26%, según la Oficina de Registro de Crímenes india.

Las consecuencias de decir "no"

"En la casa había un cocinero que me dijo que tenía orden de dejarme sin comer hasta que atendiera a los clientes, pero yo seguía negándome", continúa exponiendo pausada. "Le dije a mi Didi que la iba a denunciar a la policía, pero ella me contestó que quién me iba a hacer caso si ni siquiera sabía hablar hindi. Un día, el cocinero, que también era el vigilante, me ató a una silla con ayuda de otros dos, machacó chile picante y me lo puso en los ojos. Se me hinchó la cara, me dolía mucho y pasé mucho miedo".
En ese momento Nagalaksmi, que ha venido a la entrevista tapada hasta la cabeza y apenas tiene los ojos al descubierto, interrumpe su relato y rompe a llorar. Pasarán más de cinco minutos hasta que pueda recuperar el habla.
"Pasé tres años allí encerrada. No colaboraba y los clientes me trataban muy mal. Me quemaban con cigarrillos. Un buen día mi Didi le dijo al cocinero y vigilante que se ausentaría una noche y, sin saber por qué, el cocinero me ayudó a huir. Me pagó el auto-rickshaw [motocarro indio que hace las veces de taxi], me dio dinero y fue el propio chófer que me llevó a la estación quien me compró el billete de tren. Yo no sabía nada. Y nunca gané dinero, así que nunca pude enviar dinero a casa, por lo que, de regreso, mi familia me rechazó. La gente me rehuía, todos hablaban de mí a mis espaldas, era una apestada".
Los cerca de 47 ºC que en esta época del año calcinan a fuego lento esta región del planeta mantienen la oficina de la Fundación Vicente Ferrer del distrito de Kadiri, donde se desarrolla la entrevista y uno de los muchos proyectos contra la violencia hacia la mujer que tiene repartidos por este estado sureño, en un ambiente de bochorno climático, pero también emocional, casi irrespirable.
"Al tiempo me enteré de que la Fundación había abierto un centro de acogida para mujeres. Al principio no quise venir, pensaba que mi vida era así, llena de problemas, y nadie podía solucionarlos. Iba a trabajar al campo para ganar algo de dinero, pero había pasado tres años a la sombra y el sol me molestaba muchísimo, por lo que al final decidí acudir. Aquí me concienciaron, me ayudaron mucho [psicológicamente] y me concedieron un microcrédito para que pudiese abrir mi propio negocio".
Hoy Nagalaksmi tiene un colmado –pequeños quioscos casi ambulantes cuyo símil europeo sería el de un ultramarinos– y quiere pedir otro microcrédito para ampliar el negocio. También lidera un grupo de acogida que cuenta con 16 mujeres que pasaron por su misma situación. "Denuncié a Ramanama, que sigue en la cárcel, pero los otros dos hombres, poderosos, siguen en libertad. Al año de regresar me enteré de que el vigilante que me había salvado la vida y que era ya mayor había muerto, y al poco también murió mi Didi. Es su hermana la que sigue ocupando hoy en día su puesto".
Cuando se le pregunta cómo imagina su futuro, no duda en responder: "Lo imagino como una vida digna".
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[Este fotoperiodista está tentado de pedirle a la "migrada" –eufemismo con el que se protege la realidad de muchas menores que fueron víctimas de la trata con fines de explotación sexual– que se levante el velo para que le deje ver su sonrisa, pero no reúne el ánimo suficiente y prefiere centrarse en retratar la viveza de unos ojos desafiantes que aún siguen luchando por tirar adelante. Es la mirada de demasiadas mujeres en un rincón del mundo abandonado a su propia (mala) suerte].
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Nagalaksmi, 34 años, su infierno comenzó cuando apenas sumaba 12 © Rafa Gassó

Leer el artículo original en eldiario.es


martes, 11 de febrero de 2014

Òscar Tardío Benítez: In memoriam (II)


In Memoriam: Òscar Tardío Benítez from Kiku Comino on Vimeo.

Juli me pidió que presente los videos que ha preparado Kiku. Todo un honor para mí, porque Kiku fue, junto con todos vosotros, uno de los primeros regalos que me hizo Óscar. O más bien los videos de Kiku, porque conocí antes los videos del Kiku que al propio Kiku. Hace unos años me encargaron fotografiar una boda y los clientes también querían video. Yo entonces no hacía video y contándoselo a Óscar, porque yo hablaba mucho con Óscar de fotografía y de curro, me dijo: “Pues tengo un colega que hace unos videos que se te va la olla”. Una frase muy de Óscar, eh. “Que se te va la olla”. En fin.
El caso es que como tenía que presentar estos videos, hablé esta semana con Kiku por Skype. Es curioso, pero sabéis que Skype, cuando se abre, te saca por defecto las últimas conversaciones que tuviste, y allí apareció un grito que decía “¡Morral!”, que era una de las formas que Óscar y yo utilizábamos para llamarnos. “¡Morral!” Ahí se había quedado congelada mi última conversación con Óscar. “Morral” era como me llamaba mi abuelo. Que yo utilizase esta expresión con Óscar es muy significativo. Mi abuelo fue una de las personas que más ha influido en mi modo de ver la vida y en mi personalidad. Murió hace 26 años y aún sigo hablando con él. Y me está pasando lo mismo con Óscar. Mi abuelo era un hombre bueno, duro como una roca, pero bueno y justo, con un sentido de la decencia y de la honradez exacerbado. No era un hombre serio. Ni mucho menos. Era un tío muy divertido. Un hombre que sabía reírse de si mismo y de todos los demás, pero de él primero. Un hombre que contagiaba la risa. Un hombre en el que te podías apoyar porque sabías que nunca te dejaría tirado. Un hombre que sabía distinguir perfectamente cuándo había que utilizar la palabra y cuándo el coraje, cuándo era tiempo para la paz y cuándo para la guerra. Amigo inquebrantable de sus amigos, si había que utilizar una u otra no le temblaba el pulso, os lo puedo asegurar. Exactamente igual que Óscar. Por eso yo le llamaba Morral. Porque mi sentimiento hacia él es el mismo que tuve hacia mi abuelo. El de admiración y profundo cariño hacia el perfecto compañero de armas con el que avanzar, hacia delante, sin descanso, en esta batalla que es la vida. De hecho, sin ser creyente, sólo hablo con dos personas que ya no están entre nosotros: Una es mi abuelo y la otra es Óscar.
“Iré a cualquier parte siempre que sea hacia adelante”, dijo uno de los mayores exploradores y viajeros de este mundo, el Dr. Livingstone, supongo. Sin miedo. Y sin mirar atrás. Como el viento, un elemento muy presente en este video que vais a ver. A veces suave, a veces huracanado. Pero siempre viento hacia adelante.
No es casualidad que a Óscar lo conociese en medio del viento, en la costa atlántica de Marruecos, en Essaouira, en la plaza, posiblemente, con más viento del mundo. Allí estaba él. Tomándose un té. Sonriente, con esa mirada que ponía de corderito, incapaz de matar una mosca… Aparentemente. Porque esa es otra cosa que siempre me impresionó de Óscar. Su determinación para sacar pecho, y su capacidad para resolver problemas rápido y evitando sulfurarse demasiado. “Si se puede, se puede y si no, ¡a otra cosa, mariposa!”, otra de sus frases míticas. Recuerdo que al poco de conocernos fuimos a hacer una excursión a una playa muy bonita que está muy cerca de Essaouira, y que se llama Sidi Kauki. Fue la primera vez que conduje su catxarret, por cierto, hablando de cosas míticas. Al llegar la hora de comer, aquello es medio desierto, medio playa, no encontrábamos ningún lugar. Y de pronto, en medio de la nada, vemos lo que parecía un bar, por llamarlo de alguna manera, una construcción de adobe perdida de la mano de Dios. Allá que vamos. Bueno, pues si éramos creo que 5  comensales, el tipo, que era una especie de Torrente, debía llevar diez años sin duchar, lleno de lamparones, nos saca, para los cinco, una especie de tapa de huevos de camello enana y asquerosa, por la que además nos quería cobrar una pasta. Yo llevaba unos meses viviendo en Essaouira, se suponía que conocía la zona, y quizá por eso me sentí responsable y me indigné. Muchísimo. Mucho. Quería matarlo. Entonces Óscar, muy como era él, respirando hondo, me dice: No te preocupes. Enviamos a este tío a la mierda y saco embutido que he traído del Maresme: Choricito, salchichón, jamón… Y os invito a comer. Así era Óscar. A mí me iba a reventar la vena del cuello de la rabia que sentía en ese momento y él ya se había hecho con la situación sin grandes aspavientos. Práctico y resolutivo. Estas semanas, viendo trabajar a Juli, organizando todo esto, con esa fuerza y entusiasmo que tiene, pensaba mucho en esto. Pensaba, coño, ya sé de dónde le venía a Óscar tanta fuerza y tanta templanza. Son los Tardío Benítez. En fin, nuestra amistad fue como un flechazo, por qué no decirlo. Es curioso esto porque Óscar, cuando te hablaba de alguien, cuando te lo describía, solía decir: “Es un tío que enamora”. Y en realidad el encantador de serpientes era él. Era él quien enamoraba. Supongo que nos conocimos en un momento vital muy parecido, los dos estábamos en un punto de inflexión muy importante de nuestras vidas, y quizá por eso congeniamos muy bien.
Y el viento nos llevó a la India, otro de los países que veréis en este video. Era el primer viaje que de alguna manera sellaba un pacto. Me explico: En mi experiencia he llegado a la conclusión de que hay dos tipos de mochileros. Los que aprenden a viajar en África y los que lo hacen en India. El había aprendido a ser viajero en África y yo en la India. Yo le abriría las puertas de India y él, a cambio, lo haría de África. Son dos continentes parecidos, pero lo cierto es que el que ha empezado primero con África, luego India le cuesta. Y al revés. Y ese fue el caso de Óscar. India no le entró bien, pero como era un tío muy práctico y resolutivo, decidió darle la vuelta a la tortilla y sacarle partido. Así que fue un viaje muy divertido donde el “Morral” pasó a convertirse en el “Polvorilla”, como le llamaban en el trabajo. Al principio se puso excusas. Yo recuerdo despertarme a eso de las 9h, ver que la habitación de Kiku y Óscar estaba cerrada, ellos solían compartir habitación, y pensar, bueno, pues ya se levantarán. Bajar a desayunar y entonces encontrarme con Óscar, que ya llevaba horas levantado, explicándome nervioso: “Que vengo del internet porque se me ha ido la olla. Yo en unas semanas empiezo la temporada de la nieve y no sé qué hago en este país de mierda, a ver si me van a echar del curro, porque yo debería de estar trabajando, en Andorra, y no aquí. Y me he liado con las fechas y se me ha ido la olla. Y esto está lleno de mierda, y yo quiero ducharme con agua limpia, y me está picando todo”. Al final solucionó lo del trabajo y de ahí pasó al otro extremo. De pronto te venía y te decía: “Tío, he pensado que podíamos torear una vaca. Hay mogollón”. En ocasiones como esa se le podía frenar y menos mal, porque la vaca es el animal más sagrado de India y si le haces algo puedes acabar en Guantánamo. O cuando quería comprobar si es cierto que los elefantes le tienen pánico a las ratas. Elefantes y ratas, dos cosas muy fácil de juntar en India. Ahí sudabas. Yo recuerdo que hasta el tío negociaba sus compras en perfecto español. Decía, “¡Bah, si estos me entienden perfectamente!”. Y lo acojonante es que era verdad. Le entendían. Pero otras veces no había forma. Lo sabe Kiku y lo vais a ver vosotros en el video, como cuando se puso a vender menús en los restaurantes de Nueva Delhi, demostrándole a los indios cómo hay que trabajar. O como cuando decidió comerse un chile picante de un solo bocado para demostrar que los indios eran unas nenazas y estuvo una noche entera sin poder hablar, con la garganta calcinada. De lo que más recuerdo de ese viaje es a Óscar con una “idea” nueva cada 5 minutos, y yo quitándosela de la cabeza y diciéndole: “Tío, vamos acabar en comisaría”. O el viaje al Templo de las Ratas, ¿eh, Kiku? India, templo y ratas, qué combinación. ¿A quién se le ocurrió que era una buena idea ir a visitar un templo dedicado a las ratas en India? Sólo vi una vez a Óscar con cara de mosqueo, y sale en este video, en la escena en la que vamos en un taxi, saliendo de Rishikesh, en el que su cara de agobio es total. Y eso es antes de ir al Templo de las Ratas. Incredible India. Porque el resto del viaje lo recuerdo con muchas risas y muchas anécdotas que me vais a permitir que no cuente. Óscar y yo éramos muy de cumplir pactos entre caballeros, y sólo hubo uno que no pudo ser: Que fuese él quien me abriese las puertas de África. No pudo ser y no sé si algún día volveré a querer viajar a África.
El viento, conforme me trajo un buen día a Óscar, un buen día se lo llevó. Viento somos. Algún día, el viento me llevará a mi también. Ese día volveremos a volar juntos, en mar abierto, por detrás de las estrellas.
Te quiero, compañero eterno. Siempre en mi corazón.

lunes, 10 de febrero de 2014

The true history of a moratón


Contaré su historia, mi historia, la historia de esta foto. Es mediodía y estamos en Sudder Street, la calle con más vida de toda Calcuta (sic), apenas 200 metros en los que se concentran toda clase de hoteles, espacios con más o menos brillo para comer y viajeros de todo pelaje y condición. Es el mes de febrero y el frío e incómodo invierno que hiela la piel de Delhi hasta Benarés, ha sido sustituido por el tibio calor húmedo que empapa, aún amable, el estado de Bengala Occidental. Se agradece ir en manga corta, rescatar las sandalias de la mochila, olvidar los vaqueros desde la primera hora del día, esa en la que el fresco es ya sólo estival, de verano mediterráneo. He llegado por primera vez a la ciudad en un tren que ha cruzado durante toda la noche, renqueante, el último tramo oriental de esa franja semi norte que atraviesa India de este a oeste. A las 7 de la mañana.
He tenido mucha suerte. He encontrado una habitación digna y barata, sin baño y enana pero bastante limpia, a la segunda, y para celebrarlo he salido raudo a dar una vuelta de reconocimiento por el barrio sin pasar por la ducha. Allí voy a pasar las próximas y últimas semanas de mi estancia en India, antes de volar a Bangkok y plantarme en Myanmar de un salto y de vacaciones. Ouyeamadafaca! Llevo cerca de tres meses comiendo polvo, a pico y pala, enfangado en barros varios, teñido de mierda, y ahora me siento como un colegial ante la inminente llegada de las vacaciones. El reloj debe de marcar las 11am y decido comer. Tengo hambre y según la Ley del Errante, “Si tienes hambre y hallas comida, come”. Aunque no sean horas. Nunca se sabe cuándo volverá la oportunidad. Y así es. Localizo un puesto callejero con mucho salero y algunos turistas, pido unos chicken noodles al jefe, CEO, camarero y cocinero, todo en una, y una enorme y rica y fría Coca Cola que me llevo puesta, dando sorbos, y tomo asiento en uno de los taburetes tamaño liliputiense que aún queda vacío. Miro alrededor, sonrío a los demás comensales. Despliego la antena, llegan mis noodles, dejo la Coca Cola en el suelo y devoro los tallarines. Un indio adolescente gigante y con Síndrome de Down al que llevo observando desde que me he sentado allí merodea en un negocio que hay en la acera de enfrente; para a todo el mundo por la calle, les coge de la mano casi al azar, y si es que se fija en otra cosa que llame más su atención, suelta a la presa y cambia de objetivo. Como yo en este caso. De repente, repara en mi plato y en mi Coca Cola, deja al último turista que tenía cogido de las manos, y sin apartar la vista fijamente de una y otra cosa -mi plato, ahora vacío, y mi Coca Cola, que está a un tercio de ser terminada-, cruza de tres o cinco zancadas rápidas y certeras, sin vacilar, hasta mi posición, y al llegar frente a mí frena, y sin mediar palabra, como si estuviera jugando al juego del pañuelo, agarra mi Coca Cola y sale corriendo. A la carrera. Literalmente. Miro alrededor. Sonrío estúpidamente. A mi esto me pasa muy a menudo, je je. je j… je… j… 
Pero ya no me pasará. El ser humano también puede ser rata que aprende con rapidez. Debe ser mi segundo día en Calcuta. Vuelvo a comer donde ayer. Otra vez lo mismo. Me lo veo venir. El adolescente gigantón con Síndrome de Down que juguetea con los turistas que pasean frente a él, en la puerta del negocio que hay enfrente del puesto de comidas callejero en el que yo me hallo sentado, vuelve a fijarse en mi Coca Cola en cuanto pongo el plato de noodles, ya vacío, en el suelo. Pero esta vez la agarro con rapidez, cosa que al adolescente gigantón no parece importarle. Sin mediar palabra, se abalanza sobre mí y trata de arrebatarme la Coca Cola. ¿La verdad? Me importa unos cojones, no pienso darle mi Coca Cola y suave, pero con la misma fuerza con la que él me empuja, trato de apartarlo de mi con una mano mientras que con la otra sujeto la dichosa Coca Cola; sonriendo, con cara de circunstancias. En eso el jefe, CEO, camarero y cocinero, todo en una, del tinglado, sale al grito en mi defensa, y dándole cariñosas patadas en el culo y unas cuantas collejas, lo saca de allí. Me sonríe y me pide perdón. Es su padre. Yo a su vez le sonrío y le digo que no pasa nada. No hay ningún problema. Así lo siento. De verdad. Observo al adolescente gigantón que me mira de reojo desde la acera de enfrente. ¿Se habrá quedado con mi cara? No sé por qué pregunto. Tampoco cuántos días han pasado ya desde que llegué a Calcuta.
Ahora son las seis de la mañana. La ciudad comienza a desperezarse y curiosa y contrariamente al resto de India, a esas horas todavía no se ve mucha gente por el barrio. Yo espero, fumándome un piti frente al hotel donde se aloja una de las compañeras de voluntariado en la Fundación de la Madre Teresa donde me he puesto a colaborar, a que baje a la calle. Solemos ir juntos, paseando, al sobrio desayuno –dos rebanadas de pan de molde, a pelo, un plátano y un té-, que la Fundación ofrece antes de que cada voluntario salga hacia su destino. Daya Dan, el hospicio para 26 niños de todas las edades, hasta los 30, con parálisis cerebral, que han sido recogidos de la calle, es el mío. 
Y en esas estoy, fumándome un piti, haciendo fotos con el móvil a ese espacio inusualmente desierto y en silencio para mi proyecto Instagramindia, mientras espero a que baje a la calle mi colega, cuando de pronto, de la nada, aparece caminando directamente hacia mí… el adolescente gigantón con Síndrome de Down de todos los mediodías. Me coge de la mano y empieza a balancear su brazo y, obvio, de paso, también mi brazo. A la par. Me sonríe. Le sonrío. Quiere bailar. O jugar. Supongo. A su manera. El problema es que llevamos cinco minutos balanceando ambos brazos, el suyo y el mío, en la misma dirección, con la misma frecuencia, y en algún momento, en cuanto baje mi colega, por ejemplo, habré de soltarme e irme a la Fundación de la Madre Teresa. Ni tiene sentido ninguno que ambos balanceemos nuestros brazos eternamente en una coreografía sin fin, ni mi brazo suficiente resistencia muscular como para no descansar de una serie de unos 200 movimientos seguidos. Intento desengancharme de mi amigo haciendo fuerza pero sin dejar de sonreír... Y él también sonríe y a cada movimiento mío en el que trato de soltarme, me agarra más y más fuerte. Empiezo a inquietarme y a pensar que mi destino está en la esquina de esa pequeña bocacalle en la que me tiene atrapado. El colega parece dispuesto a no soltarme jamás. Meterle un puño en la cara y salir al trote, del rollo “a mi que me registren, yo no he hecho nada; sí, algunos gritos he oído, pero no sé, yo pasaba de largo, es que llego tarde a un voluntariado”, no es que me parezca excesivamente cínico a esas alturas, la verdad. Básicamente, me sabe mal la posibilidad de golpear a un chaval con Síndrome de Down y de última desconozco cuál podría ser su reacción, porque lo cierto es que es gigante y tiene mucha (bastante) más fuerza que yo. Podría levantarme con una mano y reventarme contra el suelo sin pestañear, no me cabe la menor duda. Tampoco habría forma de justificar una escena rollo pressing catch de un turista occidental vs. un chaval indio con Síndrome de Down, pero el caso es que mi colega sigue sin bajar y no pasa nadie, ni Dios ni Brahma ni Vishnu ni Shiva por la calle. Solos el chaval y yo, forcejeando absurdamente. Yo queriendo soltarme y él agarrándome más fuerte, je je. je j… je… j… ¿Cuánto ha pasado? ¿Cinco, diez minutos…? De pronto aparecen de la nada, como apareció mi amigo el gigantón hace ya tantísimo tiempo, tres indios, quienes al comprender, rápido, la situación, se abalanzan de un salto sobre el gigantón y el gigantón se abalanza ya todo él sobre mí, abrazándome como para agarrarme más fuerte y que nadie le suelte de mí, mientras los tres indios estiran de él. La situación es cómica. E incómoda. En una de esas, en un golpe coordinado, los tres tiran a la vez con fuerza y logran soltarle de mí como quien descorcha una botella de vino a presión. En esos momentos también aparece mi colega, que abre la puerta del hotel y le indico con un gesto que tire hacia delante. ¡No pares, ahora te cuento! Estoy estresado. Y dolorido. Me quito la camiseta, compruebo los "daños". Me hago una foto. Esta:
:)
Y ya.
FIN.
¿Qué queríais, una obra de Shakespeare?
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sábado, 28 de diciembre de 2013

Óscar Tardío Benítez: In memoriam


Óscar / © Óscar Tardío Benítez
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Hola Morral. Llegué de Calella anoche de madrugada y ahora acabo de llegar a mi casa. Me fui directo a la de P. Tenía miedo de dormir sólo. Me abracé a ella, cerré los ojos reposando mi cabeza sobre sus pechos, y por unos instantes me imaginé que estaba abrazado a ti. No te asustes. Me siguen gustando las mujeres. Sólo que tú eras un ángel, caí ayer en la cuenta; un ángel que transmitía esa calma y esa paz que tanto nos va a hacer falta de aquí en adelante, y me dio un rollo “Ghost” psicodélico (o psicotrópico, vale, la culpa la tuvo el Kiku unas horas antes al manufacturarse un dos papeles de marihuana de pedo bendito y de muy laaargo recorrido), aunque muy práctico, la verdad, porque me relajé, que era mi ansiado objetivo. No es que sea creyente, ya lo sabes, pero me da que los ángeles son como los duendes, no tienen sexo ni bandera ni religión.
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Llevaba cerca de 72h de amargo maratón. Primero la llamada de Kiku el 25 a la noche, luego el viaje a Calella… No te dio tiempo a saber que mi madre me había regalado, entre otras, una parca y esta bonita maleta…
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… y se me ocurrió pensar que ambos regalos, en su conjunto, ofrecían un simbolismo de lo más cómico dado que llevo una temporada con todos mis trastos distribuidos por toda su casa. Lo que nunca se me ocurrió pensar es que estrenaría ambas prendas para un viaje que nunca, jamás, querría haber realizado. El único viaje que no deseé llevar a cabo bajo ningún concepto. Y de pronto allí me vi, en un tren con destino a Barcelona para darte el último adiós. Vino Alfons a recogerme y dormí en su casa. Nos acostamos tarde viendo fotos, muchas tuyas, para variar. Estábamos en estado de shock.
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Es raro. Aún me queda el reflejo de esperar tus collejas sonrientes por mi afición a fotografiar según qué cosas con Instagram, tu voz gritando al otro lado del teléfono: “¡Chustooon…!”, para hablar incansablemente de nuevos software de fotografía, de proyectos que nos quemaban en las manos, de horizontes que se dibujaban en nuestra imaginación “llena de pajaritos”.
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Nuestras últimas risas whatsáppicas, las dos primeras del 23 de diciembre. La última de hace unos meses, sopesando la idea de marcarnos una rápida escapada a Marrakech / Essaouira que finalmente nunca pudo ser debido a la virulencia de tu tratamiento.
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También me queda el reflejo de buscarte para decirte, “¡Hey, Pixilla, he conocido a tus amigos de los que tanto me hablaste!”. El tonto reflejo de pensar en hacerme una foto con ellos para luego enviártela… ¿A dónde, exactamente? Qué duro, amigo. Me encantaría poder decirte que allí estaban todos, tal como me los habías descrito mil y una vez. Iván, el compinche para el último viaje de Alfons y mío a Córdoba por Halloween (tu hermano aún se descojonaba de las máscaras que llevamos); Santi, “el tipo capaz de comerse la peor guarrada del mundo” (llevábamos sin vernos desde Marruecos). También Mónica, tan guapa como decías, pero sobre todo de gesto tan dulce como habías descrito. Salva, “el tipo más duro que conocías”, y sin embargo tan entrañable. “Tan duro como para vivir dos años en Andorra en una Citroën Express”, admirabas. Un tipo increíble, sí señor. Hablamos bastante. Vaya par, debíais de dar miedo. Ricard, el vivo retrato de un tipo de gran corazón, como Gaizka, “el loco de las pelucas”, autor de una de tus fotos más divertidas y delirantes, quien por cierto, fue el único capaz de hablar en tu funeral sin romperse en mil pedazos, qué gigantones bonachones. Dani, “ese gran person que estabas empeñado en que conociera porque nos indignábamos del mismo modo cuando viajábamos”, ese modo que te lleva a perseguir buscavidas a la carrera para aplacar una violenta sed de justicia imprevisible como un volcán cuando tratan de tomarte el pelo o de robarte sin elegancia. Fue él quien me acercó de Calella a Sants, en el Mercedes bueno, motor puta madre, que una vez pintó en Ashila y que yo vi en un video que me enseñaste mientras lo conducía por Marruecos, sonriente, y escuchando a Julio Iglesias. "Es el tío más feliz del mundo", decías entre carcajadas. Llegamos raudos y quitándonos el turno de palabra a traición en un habitáculo “lleno de pajaritos”, tantos como los que nos dejó el dos papeles del Kiku, quien no paró de llorar como un valiente. Como todos, la verdad. Sin miedo ninguno. Tal era la pena. Aunque si hubieras visto a estos dos mutantes de Kiku y de mí abrazados y mocosos como chiquillos tú también habrías sentido pena, puedo asegurártelo. Pero de la estampa que debíamos de ofrecer al respetable J Seguramente había muchos más amigos que me dejo sin nombrar, pero comprenderás que mi cabeza no estaba muy despierta. Aún me cuesta pensar.
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De izquierda a derecha, Gaizka, Óscar, su madre, su padre e Iván, en un viaje realizado a la aldea de Cuenca, en Córdoba, para raparle la cabeza a Óscar / © Living my cáncer / Óscar Tardío Benítez
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Lo que me dio por pensar ayer es que fuiste un hombre bueno que tuvo la virtud de rodearse de gente buena. Esto dice mucho de ti. Tanto como el hecho de que fueras un ángel o duende lo demuestra, precisamente, que sea tu estela lo que nos hayas dejado en herencia: Un pequeño ejército de gente buena, cada uno de su padre y de su madre, a los que sin que nadie nos diéramos cuenta formaste a medida con muchas sonrisas y pequeñas enseñanzas que ahora se revelan fundamentales. Una particular y variopinta tropa de grandes corazones con ese nexo común que es la bondad y la pureza sin postureo ni cartón. Me consuela pensar que si he perdido un amigo también he ganado nuevas amistades que te construiste poco a poco a modo de fortaleza, el gran proyecto de tu vida. Sí, eras un ángel, por eso te fuiste el 25, día de Navidad. Ya sabes que no soy creyente, pero sí que me vengo arriba y asocio nido con pájaro con tan sólo unas pocas caladas. De ese modo nos hicimos amigos (¿o no?), por nuestra afición a pensar atropelladamente, a la velocidad del rayo. Con la sonrisa perenne en el rostro: Tú natural. Yo (tal vez) inducida. Da igual el medio cuando el mismo fin es igual de loable: Vivir, sonreír.
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Te conocí en medio del viento un mes de diciembre. Quizá en la plaza con más viento del mundo, abierta de par en par al Atlántico, en Marruecos, “ese país donde las montañas mueren en desiertos y los desiertos en mares violentos”. Te acababas de divorciar y habías decidido perderte por el África negra -esa misma que yo sólo accedería a conocer si era de tu mano-, sin fecha de vuelta, con tu perro, Ego, y con tu coche, un todoterreno del año 3 que habías convertido en un hogar rodante de hacer kilómetros con tus hábiles manos ‘MacGuiver’. Ya no estás aquí para corregirme, pero supongo que te diría, “Vete a tomar por culo y vente a dormir a mi casa. Perro incluido”. A esto último no accediste, pero te quedaste unos días y Ego al menos pudo comer y beber con nosotros en aquel estupendo jardín que tenía la casa. Luego volviste unos días con Santi, yo dejé la casa, me perdí a su vez por Asia y la siguiente vez que volvimos a vernos fue en el aeropuerto de El Prat. Fue cuando yo volvía de Berlín para pasar la Navidad en familia. Viniste a recogerme y nos perdimos en un bar de la antigua Barceloneta para ponernos al día. Pagaste tú, por cierto, yo estaba sin un duro. Nos habían pasado tantas cosas. “Qué cojones hace el Gassó en Berlín. ¿Me lo puedes explicar?”. Aquel día que nos presentó Leila en la Place de Moulay el Hassan fue como ese primer día de clase en el colegio infantil en el que sólo de una mirada o un gesto -estírame el dedo. Y el otro se tira un pedo-, ya sabes quién será tu amigo del alma durante todo el curso y todos los que vengan después. Mismo humor, mismos horizontes, mismas ganas de gamberrear este mundo lamentable para quitarle hierro a esa gravedad gratuita que algunos se empeñan en ponerle a la vida…
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Este es el cielo que quedó en el ocaso de tu despedida. Seguro que fue obra tuya, Pixilla ;)
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Estos días recuerdo aquella mañana en Rishikesh, norte de India, yendo a curiosear el ashram en el que estuvieron los Beatles. Caminábamos uno al lado del otro, hablando de los momentos de soledad a los que uno se enfrenta cuando se viaja 'de a uno' en trayectos que duran meses. De pronto nos quedamos callados y pensativos, nos miramos, paramos en seco y nos dimos un sentido abrazo para ahuyentar esa supuesta soledad y falta de cariño. Fue el instante previo a que dos sonoras carcajadas rompieran el momento absurdo que habíamos creado sólo por echarnos unas risas. También, la huida de ese parque temático de la espiritualidad dominado por pijipis occidentales de hostia redentora que emprendimos a bordo de un taxi con cuyo maletero mega oxidado yo me abrí la frente, cantando “Malagueña salerosa” como grito de victoria. Son muchos momentos. Como el chile que te comiste en una daba de Nueva Delhi, “¡Me sobran huevos!”, haciendo caso omiso a nuestro "No lo hagas". Capitán Guindilla. Pasaste del morado al azul y del azul al amarillo y tardaste tres horas en volver a poder hablar tras calcinarte garganta, nariz, orejas y cerebro. Lo que nos pudimos reír el Kiku y yo mientras nos mirabas con cara de “sois un par de hijos de puta” con sonrisa de oreja a oreja. Risioterapia de la maldad bondadosa como modo de vida. Esa fue siempre la idea.
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Te fuiste sin explicarme el método Dragan, Pixilla. Ya ves, sí, fue una de las tantas tonterías que me dio por pensar mientras pasaba de la incredulidad al llanto y del llanto a un desconsuelo que se me antoja infinito. Leía los últimos Whatsapps de hacía escasas horas, leía el post que me habías dejado hacía tan sólo un par de días en mi muro de Facebook, leía tu última entrada a “Living my cáncer” y… No me lo creía. No podía dejar de mirar la conversación a la que le hice una foto de esas que tanto detestabas sólo porque estaban hechas con un móvil. Me hace sonreír pensar en esto. En realidad es una captura de pantalla, no una foto. “Pos vale”, dirías tú. “Un chustón”. “Todo lo que no sea un f1.4 es un chustón para ti, jodido Polvorilla”, contestaría yo. Y luego sé que los dos nos quedaríamos mirándonos de reojillo y pensando en silencio, para nuestros adentros, si no sería el otro el que en realidad tendría razón. Tampoco el último Whatsapp que te envié el día 25 a las 12.12h del mediodía, al que ya nunca contestaste: “¿Cómo va? Lanza bengala”. Luego me enteraría de que quisiste advertirle a tu hermano de que nos contestarías a todos después de descansar un rato, por la tarde. Fueron tus últimas palabras. Yo pensé que no contestabas porque estarías sobrepasado de mensajes y también de efectos tóxicos secundarios de esa última quimio que, para esos días, ya estarían empezando a presentarse, como ha ocurrido en cada sesión de este último ciclo. Lo hablamos muchas veces. Una cosa y la otra, los efectos de este último complejo químico, que ya te había provocado acúfenos y sordera, pero sobre todo la incapacidad de gestionar tal avalancha de cariño con todo éxito. Normal. Tu forma de entender el mundo era un canto de sirenas que atraía a multitudes. Así que no le di importancia. Te llamaría el 26. Pero el teléfono se adelantó. 
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En la noche del 25, después de 24h de auténtica maratón familiar, salí a la calle a dar un paseo a cabezazos contra esa “ciclogénesis explosiva” (o “creativaaaRL…”), que en realidad era una ventolera de mierda y cojones de toda la vida, peste de nombres apocalípticos. Calles vacías, viento fresco en el rostro, deambule sin rumbo. El plan perfecto. Nunca llevamos muy bien que nos taladrasen el tarro, bastante teníamos con mantener bajo control nuestra hiperactividad cerebral como para que alguien nos contase su fascinante vida interior. Y de pronto sonó el teléfono. Era Kiku, 23.19h. A las 21.35h tu cuerpo no había podido más. ¿¿¿Qué??? ¡Si habíamos estado de coña hacía nada! Y yo no te veía mal. Siempre te lo dije. Había pasado por lo mismo que tú 15 años atrás y hablábamos del tema con bastante franqueza. Suavizando, pero sin desviar las cuestiones que te inquietaban. Y te juro, Óscar, que nunca pensé que nunca llegarías a puerto. Estaba convencido de que TODO quedaría en una muesca más en una vida, la tuya, plena de viajes y aventuras. Busqué asiento, mareado. Te habías ido y no había sido capaz de ver venir semejante oscuro desenlace. Tiene cojones que después de esa breve conversación balbuceante con Kiku sólo quedara viento, como la primera vez que nos vimos en la Place de Moulay el Hassan. Viento violento y silencio. Sólo silencio.
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Aún no me puedo creer que ya no estés. Pero ya está. El peor de los escenarios ha sucedido y “ahora sólo queda asimilarlo”, que dijo Dani en la puerta de Sants. A la salida de la Iglesia tu padre nos pidió un  “No olvidéis a mi hijo” y no, no te vamos a poder olvidar. Siempre estarás con nosotros. Como decía tu bienquerido Salva removiendo los hielos de un gintonic de Hendrix que nos calzamos a tu salud en el garito que más detestabas de toda Calella (lo que entenderás que me pareció la mejor elección, un pacto es un pacto; todo por echarse unas risas): “Para mí no se ha ido”. De hecho ya han surgido varios proyectos en tu memoria. Uno es una página web que albergará todos tus trabajos fotográficos y todos tus textos (incluido el inconcluso “Fotografía Accidental”), y a ser posible un capítulo de cada uno de tus amigos -que me comprometo a editar y abrillantar uno por uno-, explicando quién fuiste, con su correspondiente galería de fotos de álbum personal (amén de una sección de vídeos que lleva el nombre de Kiku, advierto al aludido). También, un encuentro homenaje después de Semana Santa en Essaouira, a donde se baraja bajar tu catxarret, por cierto, después de terminar de arreglarlo, aprovechando que Ricard y Gaizka concluyen allí un rally con esos jeeps por los que les inoculaste el gusanillo de trotar a cuatro ruedas por los sinuosos caminos de África. Juli, ese “otro crack”, como decías, tu hermano, opina que tú ibas repartiendo semillitas de ganas de hacer cosas entre la gente. Parece cierto. Y bueno, por último, ya sabes que me vengo a arriba con espantosa facilidad, se me ha ocurrido que estaría bien liar a la Estación de Grandvalira para crear un premio fotográfico con tu nombre, en Calella, que trate sobre el espíritu de superación personal. Alfons sería el perfecto director del proyecto. Ah, y una exposición para las navidades del año que viene.
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Ya ves que no te vamos a olvidar nunca, Polvorilla. Vamos a echar mucho de menos a ese ángel que fuiste, consagrado a salvar vidas en la montaña o en el fuego. 
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Y joder, qué insoportable se hace ahora la idea de que nada pudiéramos hacer nosotros por salvarte a ti la tuya... 
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Me impresionabas mucho, nenico. No sé si te insistí suficientes veces. Esa frase tan tuya y que tan bien te definía y que pronunciaste en diferentes momentos de tu vida, siempre quitándote y quitándole importancia a las cosas que no debían de tenerla. "Si se puede, se puede. Y si no, ¡a otra cosa, mariposa!". Queden tus palabras, pues, esas que tanto me impresionaban mucho antes incluso de quedar escritas, en lo que hoy sé que fue tu despedida (tal vez) inconsciente pero certera:

“Hoy es día 23 de diciembre. Son ya ocho meses de tratamiento. Sin progresión, sin mejora. Sé, a día de hoy, que dos de los tres tratamientos protocolados para mi enfermedad no funcionan. El futuro es incierto, siempre lo es. A algunos este futuro se nos muestra más real y próximo que a otros. Así que desde esta posición que se me antoja vivir os pido que no se os ocurra desaprovechar vuestra vida. ¡Sacudiros la pereza y salir a por todas! ¡Es una orden! ¡Coño!

[…] se avecina tiempo de cambios y noticias importantes. Un desenlace quizás próximo, por lo menos un punto en el horizonte hacia donde trazar rumbo. Y es que yo no necesito un continente donde sentirme firme, ni tan siquiera un salvavidas al que agarrarme. Yo aún sigo fuerte para seguir nadando en mar abierto durante mucho más tiempo rumbo a las estrellas”.
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Te quiero mucho, Polvorilla. Y te voy a echar mucho, muchísimo, de menos.
(Nunca pensé que perdería a un amigo del alma).
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Algunas estampas para el recuerdo... LOL
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Paseando por las calles de Nueva Delhi con una israelí temerosa de Pahar Ganj / © Kiku Comino

Qué bien lo pasamos con el ojo de pez del Kiku y unas cuantas cervezas nocturnas / © Kiku Comino

Viajar en tren por India es SÚPER divertido, tal como se ve en la imagen filtreada como TANTO le gustaba a Óscar ;)

Abandonando Rishikesh tras reventarme la frente contra la puerta del maletero de un taxi oxidado y antes de arrancarnos por bulerías una "Malagueña salerosa"
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miércoles, 13 de noviembre de 2013

Nirbhaya (I)


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"Si no podemos evitar las violaciones, disfrutémoslas". La noticia está publicada por Europa Press y recoge unas declaraciones del mismísimo Director de la Oficina Central de Investigaciones, la principal oficina de investigación criminal de la policía india.
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El año pasado, por estas fechas, viajaba junto a dos amigos de Pushkar a Bundi, dos de las más bellas poblaciones del Estado del Rajastán. Además de para tomarme un par de días de vacaciones -para ese momento la cantidad de artículos que me pedían desde Madrid sobre la ola de violaciones que parecía azotar al subcontinente de la noche a la mañana rayaba en lo morboso (aunque en ningún caso tamaña y macabra tradición fuera así de repentina)-, y de paso, también quería visitar, cuatro años después, a la familia que me había acogido en mi primer viaje a ese lugar tan incómodo de llegar por carretera, protagonista de un pequeño artículo para la revista MujerHoy. Por eso mismo habíamos alquilado el servicio de un "taxi". 
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Esa misma mañana en la que partimos yo debía de hacer una conexión en directo para hablar del escabroso tema con la cadena Ser. La hora de la conexión coincidía con la mitad de nuestro trayecto, así que convenimos con el conductor que nos buscase un llano en el camino sin ruido ambiente ni cientos de indios revoloteando alrededor, con los ojos como platos, extremadamente curiosos como son, que dificultasen la incómoda tarea de oír bien lo que te están preguntando desde un estudio situado a más de 12.000 kilómetros de distancia. Poco después, ya que estábamos, hicimos un alto para comer.
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Fue en esa parada cuando, un poco por hablar de cualquier cosa, un mucho por curiosidad, le pregunté a nuestro conductor (un tipo joven muy amable y muy simpático, eficaz y hombre de confianza de otros amigos que nos lo habían recomendado; también parte muy representativa de esa nueva clase media india que un Sociólogo de allí describió en "dos tipos: La que tiene coche y la que no"), qué pensaba de todo aquello que había destapado el caso Nirbhaya.
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Nunca se me ha cerrado el estómago tan de golpe ni he sentido el deseo de romperle a alguien un plato de comida en la cabeza (sobre todo a la hora de comer), como cuando el tipo, confiado y relajado por el amigable ambiente que se había creado, contestó: "El problema no es la violación, el problema es que a Nirbhaya le metieran una barra de hierro por el culo" [que le desgarró y extrajo los intestinos dejando una escena de auténtico horror ante la impasibilidad de la policía, que durante más de una hora, con Nirbhaya agonizando en la calzada, estuvo discutiendo a quién pertenecía la jurisdicción de esa zona].
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Lo que me turbó de esa confesión despreocupada, con la boca aún llena de comida, fue precisamente la despreocupación y alegría de semejante razonamiento, por desgracia mucho más común de lo que podría parecer en un país de 1.200 millones de habitantes de los que un 60% son analfabetos, vistos los graves disturbios que generó el caso
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Por lo demás, me encontré con la familia, de quien cuelgo la foto que ilustra este artículo. Lo que parece un niño es en realidad una niña vestida como un niño para evitar la discriminación a la que se enfrenta la familia entera, en el pueblo de Bundi (uno más), por el delito de haber cogido las riendas de un negocio siendo mujeres, tras la muerte del cabeza de familia.