martes, 27 de mayo de 2014

Rechazo familiar a las víctimas de violencia machista en India: "Mi suegra tiró a mi hija al vacío”

- Suguna, de 27 años, narra el rechazo social sufrido tras los maltratos de su pareja: "Pensé en suicidarme, en marcharme del pueblo, pero finalmente pedí ayuda"

- Entre tres y cuatro mujeres de cada 30 son víctimas de malos tratos en India, según la fundación Vicente Ferrer

- El proceso para que denuncien es "muy difícil", más en las zonas rurales, "donde hay que concienciar a las familias que siguen escondiendo estas situaciones", explica Shakuntala de la Fundación
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Suguna vive en una casa de acogida para mujeres maltratadas de Vicente Ferrer © Rafa Gassó
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.Suguna, de 27 años, habla en voz tan baja que incluso la traductora le hace repetir las respuestas una y otra vez. Su historia, triste y solitaria, es la historia de "entre tres y cuatro mujeres de cada 30" que sufren violencia de género en el Estado de Anantapur, al sur del subcontinente indio. Lo explica Shakuntala, de 40 años, directora de una casa de acogida para mujeres maltratadas que la Fundación Vicente Ferrer tiene en Battalapalli. Un albergue que ya ha cobijado a 36 mujeres desde 2012 –en la actualidad residen siete "internas"-, en períodos que van de uno a cinco años "en función de la gravedad de cada caso", matiza.
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La violencia contra la mujer en India alcanza límites atroces. Sólo en la capital, Delhi, una mujer muere quemada por su marido cada doce horas, estadística que en el resto del país se reduce a una hora cuando se trata de asesinato a manos del marido o la familia política por no pagar la dote, según informes de la Oficina Nacional de Registro de Crímenes.
Otros informes, como el expuesto en 2010 por el estudio 'Global Burden of Diseases, Injuries and Risk Factors', indican que el suicidio es la principal causa de muerte entre las mujeres indias de entre 15 y 29 años. Un baile de cifras que revela que si en 2012 se denunció un 94% del total de las muertes por esta causa, la tasa de condena alcanzó apenas el 32% y únicamente el 15% de los hombres fueron castigados. 
Al trauma personal de Suguna hay que sumarle la vergüenza de exponer en primera persona, y a cara descubierta, lo que en India representa una deshonra arraigada culturalmente en una sociedad tan milenaria como tradicional en costumbres. Quizá, por eso, cuesta oírla.
"Al morir mi madre, cuando yo tenía 18 años, me casaron con mi tío", recapitula despacio. "Él tenía 30 años y una relación anterior con otra mujer de la que no tuve constancia hasta dos años más tarde". Entonces, el marido, padre ya de una niña de 12 meses, se casó con la otra –que sí estaba al corriente de la situación-, argumentando que aquel primer matrimonio había sido de conveniencia. "Yo debía de entenderlo y respetarlo", continúa narrando Suguna.
Su suegra (que también era su abuela), pretendía, además, que viviesen todos juntos -una y otra mujer-, en el mismo hogar familiar. Para entonces Suguna ya había sufrido un importante historial de palizas y vejaciones por lo que decidió refugiarse en casa de su padre, quien se había casado en segundas nupcias con otra mujer con muy pocas ganas de adoptar a una hijastra que rechazaba. Despreciada y desesperada, terminó acudiendo a la policía.
"Según la ley de India", interviene Shakuntala, "si se demuestra que un hombre se ha casado dos veces, puede ir a la cárcel por un mínimo de 60 días, tras los que se le suele conceder la libertad condicional". El marido, según denuncia Suguna, mintió ante la denuncia y quedó libre. La joven regresó a casa con él -bajo el rechazo de su padre- con la promesa de que su vida se tornaría digna y él se la dedicaría en exclusiva.
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Shakuntala es la directora de una casa de acogida para mujeres maltratadas que la Fundación Vicente Ferrer tiene en Battalapalli © Rafa Gassó
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"Querían matarme"

"Me prometió que dejaría a la otra mujer y que me trataría muy bien, pero querían matarme", prosigue Suguna. Embarazada por segunda vez, vuelven las palizas y la orden de la suegra de que vivan todos juntos. Son agresiones cada vez más graves que culminarán en un macabro y fallido plan de asesinato. Primero el de ella y el hijo que estaba por venir, cuando ambos sobreviven a unos golpes que pretenden ser mortales. Y acto seguido, el de su hija de un año, lanzada por la suegra por la ventana y rescatada in extremis, en el aire, por los vecinos.
Ultrajada y malherida, decide volver a su hogar familiar por segunda vez. Pero esta vez su padre, resentido por no haber aceptado su consejo la vez anterior, no le abrirá las puertas.
"Esto es bastante común", incide Shakuntala. "Las víctimas suelen encontrar poco o ningún apoyo de los padres. En muchos casos, porque al independizarse de su familia también lo hacen de la economía familiar".
"Pensé en suicidarme, en marcharme del pueblo, pero los vecinos me insistieron en que acudiese a la Fundación y finalmente pedí ayuda". Allí la concienciaron, la formaron y lograron que al interponer una nueva denuncia –de ella y de la Fundación, pero también del padre y de los vecinos, todos a una-, acabase con el marido en la cárcel: 60 días.
Actualmente, después de año y medio en el albergue, donde vive con su hijo menor, cuenta Suguna con una sonrisa de alivio que en mayo terminará su caso. Le han concedido la propiedad del hogar marital –que mantendrá a su nombre para sus hijos, aunque se irá a vivir con su padre y madrastra, como ya lo hace su hija mayor, que va al colegio-, y una ayuda económica para su manutención que complemente los ingresos que le proporciona el oficio de coser saris que le han enseñado para que pueda ganarse la vida. "Quiero vivir sin sufrimientos, dedicada a mis hijos", concluye. Confiesa que cuando va a dormir ya no sueña que le pegan.

Una práctica común

Pero no es la única historia de malos tratos físicos y morales.Según la ONG Health Education to Village, casi dos de cada cinco mujeres (37%), sufre violencia física o sexual por parte de su marido y sólo una de cada cuatro ha buscado alguna vez ayuda. Una encuesta del Instituto Internacional de Ciencias de la Población, encargada por el Ministerio de Salud y Bienestar de la Familia, determinó que si la mortalidad post neonatal es un 13% más alta en mujeres que en hombres, cuando se llega a la edad infantil este porcentaje sube al 43%.
Shakuntala cuenta el caso de una pareja que se casó por amor y tuvieron una hija pese a que la familia de él no quería a la chica. "Según la tradición india, antes de una boda se miran los apellidos y hasta el horóscopo de cada uno de los contrayentes", explica. "En este caso tenían los mismos apellidos [lo que se equipara casi a un incesto] y el matrimonio, por tanto, no era bienvenido. Ella no podía aguantar en casa de sus suegros y se refugió en casa de un tío suyo que también la rechazó". "Al final", prosigue, "los propios vecinos y la gente local de la Fundación que trabaja en este proyecto detectando casos sobre terreno fueron quienes nos la trajeron".
"Es muy difícil que sean ellas quienes vengan por su propio pie", continua exponiendo. "Y más en las zonas rurales, en las que el proceso es más lento porque, además, hay que concienciar a las familias, que siguen escondiendo estas situaciones. También disponemos de un teléfono específico al que pueden llamar". Y remata: "Hay que estudiar cada caso. El divorcio no es fácil por su cultura, así que hay que analizar: si quiere volver con el marido se le convoca y se le trata de concienciarle. También se trata de mediar en la familia. Se hace un seguimiento pormenorizado, se tutoriza a la víctima, que pasa una semana en su casa y otra aquí, en el albergue, hasta concienciarlas del todo. La política de trabajo de la Fundación es tratar cada caso como si fuera de la familia, además de ofrecer un apoyo psicológico y legal".
Este último testimonio, que pedirá expresamente no ser fotografiado, continúa en el albergue desde 2012. La Fundación ha hablado con la familia y esta les ha dado libertad para que vivan solos, fuera de la casa familiar, aunque tendrán que acudir al albergue una vez al mes para ver cómo les está yendo y cómo evolucionan, hasta que den por cerrado su caso. Será a partir de este próximo verano, cuando ella acabe los exámenes y finalice sus estudios de Enfermería.
Leer artículo original en eldiario.es


martes, 20 de mayo de 2014

Indian "CHUSTones"


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Morralín, mañana a las 19h inauguro expo de “chustones” –como tú los llamabas-, aquí en Nueva Delhi, en el Instituto Cervantes, que hace las veces de “embajada cultural” de España en tu India “querida”. Me descojono sólo de pensar en los comentarios que me harías sotto voce, seguramente entre vinacho y vinacho, acerca de montar una expo sobre mi trabajo en India del último lustro en torno a ese otro proyecto paralelo y personal de fotografiar este país sólo con el iPhone. Y me descojono imaginando la escena porque sé que habrías sido de los pocos capaces de subirse a un avión y cruzarse medio mundo sólo para acompañar a un colega en un día semejante. Aunque no creo que hubieses embarcado desde Barcelona, también es verdad. Según mis cálculos, aproximados (la memoria es traicionera), tal vez habrías volado desde Papúa – Nueva Guinea, donde a estas alturas estarías retratando a sus aborígenes para ese proyecto loco de publicidades imposibles que se te había metido en la cabeza recorriendo Asia y los Mares del Sur  y que –la vida es tantas veces una puta broma de mal gusto-, nunca pudiste ni siquiera llegar a comenzar. Pero vas a estar, en cualquier caso. 
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Te he reservado hueco entre las cien #IndianPALabras que colgarán del techo a modo de paisaje boscoso de “instantes decisivos posibles”, flanqueado por dos proyecciones en paralelo que escupirán, con sonido ambiente grabado estas semanas en Delhi, una selección de prácticamente todo mi curro.
Hoy se ha terminado de montar y ha quedado muy chula.
Te echo mucho de menos, pedazo de cabrón, Polvorilla, Mutante Hijodepiu. Pero mañana te voy a extrañar mucho más, esa es la puta realidad. Esta exposición va por ti y a ti va dedicada. Morral. En tu memoria ;)
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martes, 22 de abril de 2014

India reconoce el 'tercer sexo'… cuatro meses después de ilegalizar la homosexualidad


- El mismo tribunal que recuperó la norma que castiga las relaciones "contra natura", reconoce a los transexuales y pretende acabar con su discriminación

- ¿Se despenalizarían las relaciones gays o lésbicas si uno de los dos se sometiese a un cambio de sexo?

- Sambhav se va del país con su marido: "Me gustaría irme donde pueda desarrollarme como persona sin que influya mi condición sexual"
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Celebración del reconocimiento del tercer género en Jantar Mantar (Nueva Delhi) © Rafa Gassó


"¿Por qué no podemos celebrar lo que es un buen paso hacia la consecución de la igualdad, para todos, en lugar de criticarlo? Debemos celebrarlo. Si no es a favor de los homosexuales, sí lo es a favor de una minoría como nosotros que sufre el mismo tipo de discriminación. Incluso, probablemente, más que nosotros".

Habla Sambhav K. Sharma, uno de tantos gays de nacionalidad india que vio con estupor cómo en diciembre el Tribunal Supremo evitaba ratificar una orden del Tribunal de Delhi de 2009 que legitimaba la homosexualidad, al eliminar del Código Penal la Ley 377, fechada en 1860. Así, se recuperó esta norma que castiga con penas de hasta 10 años de prisión las relaciones carnales "contra natura".

El 15 de abril, cuatro meses después de este paso atrás, el mismo Tribunal ha reconocido y legalizado la existencia de un 'tercer género' con el objetivo de que una minoría sexual, hasta ahora en la marginalidad, pueda disfrutar de los mismos derechos que cualquier otro ciudadano oriundo de la "democracia más grande del mundo", frase que se oye repetir con ironía.
Sambhav, que cofundó el grupo estudiantil Queer Campus for Lesbians, Gay & Bisexual & Trans students antes de obtener su graduación en Literatura Inglesa en la Universidad de Delhi, se casó este mismo año con su novio europeo en una ceremonia hinduista y privada –y clandestina– a la que acudió su familia al completo. Ahora se prepara para instalarse fuera del país sine die.
Aporta un punto de vista más sosegado y reflexivo a la comidilla que circula estos días entre la comunidad de extranjeros y la clase pudiente de Nueva Delhi: ¿por qué la homosexualidad no es legal en India pero sí lo es cambiar de sexo? ¿Despenalizaría esto las relaciones gays o lésbicas si uno de los dos miembros se sometiese a un cambio de sexo? Nadie, ni expatriados ni locales, parece atreverse a desentrañar la compleja lógica india.
Hasta la nueva incorporación de India, Irán era el único país que permitía las operaciones de cambio de sexo mientras condenaba las relaciones homosexuales . De hecho, desde el anterior Gobierno iraní de Ahmadineyad se instaba a aquellos atraídos por su mismo sexo a someterse a cirujía. Sin embargo, la sentencia del Tribunal Supremo reconoce el 'tercer género' como una minoría más a la que hay que defender e integrar en la sociedad, sin establecer relación entre este aspecto y la homosexualidad, al menos de momento.

Una celebración agridulce

El reconocimiento del 'tercer sexo' derivó en la celebración de una decisión calificada de "histórica" por los diferentes grupos de derechos humanos en un ambiente festivo. Sin embargo, la buena noticia no terminó de iluminar algunos gestos agridulces en la expresión de muchos activistas de los colectivos gay y lésbico que se acercaron hasta Jantar Mantar, el manifestódromo por excelencia, situado en el centro de la capital desde los disturbios del año pasado tras la violación y asesinato de Nirbhaya.
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Celebración del reconocimiento del tercer género en Jantar Mantar (Nueva Delhi) © Rafa Gassó
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"El reconocimiento de los transgénero como 'tercer sexo' no es una cuestión social o médica, sino de derechos humanos", falló la sentencia del Tribunal Supremo de India. Además, también emitió una serie de guías para que el Gobierno federal de todo el país y sus administraciones cumplan sus órdenes.
Entre otras, estas permiten que las mujeres se identifiquen como hombres y los hombres como mujeres sin que sea necesaria una cirugía para la reasignación del sexo. Además, en los documentos oficiales existirá la posibilidad de marcar el 'tercer género'.

Se trata de una decisión que responde a una petición presentada en 2012 por un grupo de activistas en favor de los transexuales. Así, a partir de ahora, los transgénero podrán beneficiarse de una cuota de puestos en el sistema educativo y de empleo similar a la de otras minorías marginadas en la sociedad. Organizaciones de derechos humanos calculan que hay varios de millones de transexuales en India, aunque la Comisión Electoral sólo ha registrado a 28.341, prueba del miedo a ser estigmatizado.
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Celebración del reconocimiento del tercer género en Jantar Mantar (Nueva Delhi) © Rafa Gassó

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"Mi opinión personal", explica Sambhav, "es que para tratarse de un juicio imparcial sólo se han reconocido los derechos de la comunidad de transgéneros y no los de los gays, lesbianas y bisexuales. Pero, probablemente, podremos utilizar esta nueva ley positiva frente al artículo 377 en el Tribunal Supremo. Si una comunidad ha obtenido su reconocimiento, nosotros también debemos conseguirlo", añade con optimismo y una sonrisa.
Y no es poco tal gesto. Sambhav tuvo que tragarse orgullo y demonios cuando su casera, enterada a última hora de que en realidad su compañero de piso era su novio, le pidió que abandonaran el complejo de apartamentos en el que vivían, "porque había niños" y su presencia no resultaba "un buen ejemplo". Después, le retiró el saludo cuando se lo encontraba en la calle.
Si a la reciente penalización de la homosexualidad se suma el hecho de que todas las apuestas sobre las próximas elecciones indias dan por vencedor al Bharatiya Janata Party (BJP) -un partido nacionalista dirigido por el hinduista de corte radical, Rajendra Modi-, el futuro de las libertades inherentes a cualquier idea de progreso se oscurece para Sambhav, su marido y toda la comunidad homosexual.
Lo sabe bien. Quizá, por eso, no tenga fecha para el regreso. "Me gustaría vivir en un país en el que pueda desarrollarme como persona sin que influya mi condición sexual", concluye con amargura antes de romper en una carcajada que todo lo puede.
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Reconocimiento del tercer género en Jantar Mantar (Nueva Delhi) © Rafa Gassó
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Leer el artículo original en eldiario.es

jueves, 27 de marzo de 2014

“Me ató, machacó chile picante y me lo puso en los ojos”

- Nagalaksmi, mujer india de 34 años, tras ser captada por una red de trata con fines de explotación sexual, logró escapar

- "Éramos expuestas para que cada cliente eligiese la que más le gustaba. Les dije que podía hacer las tareas de la casa, pero no 'eso'"

- El incremento de secuestros y desapariciones de mujeres y niñas durante la última década en Andhra Pradesh (India) ha sido de un 161,26%
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Nagalaksmi, mujer india de 34 años víctima de la trata con fines de explotación sexual que se negó a prostituirse
© Rafa Gassó
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"Un día discutimos más de lo normal y me roció con queroseno". La vida puede ser muy poco fácil si se nace en una de las regiones más deprimidas de la India: Andhra Pradesh, por ejemplo, un remoto secarral al sur del subcontinente donde el valor de una mujer lo determina, en el mejor de los casos, la familia del marido. Lo sabe bien Nagalaksmi, de 34 años, cuyo infierno comenzó cuando apenas sumaba 12 primaveras.
Acudimos a la región de Kadiri, a dos horas de carretera de la sede principal de la Fundación Vicente Ferrer que lleva su nombre en Anantapur. Allí, en la oficina donde se desarrolla uno de los muchos proyectos contra la violencia hacia la mujer, una de las principales lacras del país, nos espera Nagalaksmi, decidida a contarnos su historia en un relato que sólo puede (y quizá, debe) exponerse entrecomillado.
"Me casé muy joven, porque antes nos casábamos muy jóvenes, con un miembro de mi casta 35 años mayor que yo: él tenía 47. En nuestra cultura, cuando una mujer se casa, ha de irse a vivir a casa de la familia del marido. Y así hice yo, sólo que la familia de mi marido era muy grande y él empezó a no hacerme caso. Decía que yo hablaba muy fuerte y empezó a escuchar más lo que su familia decía de mí, que a mí misma".
"Cuando eres una niña sueles obedecer sin rechistar. No era mi caso. Yo me defendía, cosa que nunca le gustó a su familia. Un día discutimos más de lo normal y me roció con queroseno. Lo identifiqué rápidamente por el olor y supe de inmediato que quería matarme, así que cuando vi que venía con una cerilla lo empujé y salí corriendo a la calle. Por fortuna, los vecinos me protegieron", explica escondida entre sus ropajes".
"Volví a casa de mis padres y fuimos a denunciarlo, pero la policía no nos hizo caso y finalmente tuve que quedarme en casa con mis padres, que eran muy mayores y no podían trabajar. Me ocupé en el campo y en función del día ganaba unas 60 rupias (0,70 euros). En Andhra Pradesh, la mafia [de trata con fines de explotación sexual] está muy establecida; vigila quién está viuda, quién sola, y capta chicas necesitadas...".
Así es. Según la Oficina de Registro de Crímenes india, Andhra Pradesh es el segundo estado con más violencia contra las mujeres, sólo después de Bengala Occidental, una actividad delictiva que ha aumentado en más de un 71% en los últimos diez años. Naciones Unidas, además, y la Comisión de Derechos Humanos de India, sitúan el subcontinente como un importante centro de comercio sexual internacional, un fenómeno global que implicaría a más de 27 millones de personas.

El horror de la habitación 56

"Un día conocí a una mujer con la que hice amistad y me animó a dejar el campo e ir a la ciudad, donde había más trabajo y donde ganaría más dinero, cerca de diez mil rupias al mes. Ramanama, así se llamaba la mujer, me invitó a ir con ella a Hyderabad y yo convencí a mis padres. Cuando llegué a la estación de tren había dos hombres más con ella, pero hablaban en hindi, así que no entendía lo que decían porque aquí hablamos en telugu. Yo sabía que el trayecto hasta Hyderabad duraba una noche, pero estuvimos tres días en el tren. Les pregunté dónde íbamos y me dijeron que a Delhi. Allí nos recibió la madre de uno de ellos y nos llevó a GB Road", continúa Nagalaksmi.
GB Road es el barrio rojo más grande de Nueva Delhi, conocido por los burdeles de prostitución infantil que se ubican en las azoteas de "inocuos" edificios cuyos bajos albergan todo tipo de comercios legales.
"Me dejaron en la habitación 56, donde me trajeron comida, para que descansase. Al día siguiente me dijeron que me lavase, me llevaron a un salón de belleza, y de vuelta a la habitación me dieron ropa nueva. Pero no era un sari, sino un vestido trasparente. Y me explicaron lo que tenía que hacer".
Su trabajo no sería el de desempeñar tareas domésticas, como le habían prometido. Dependería de una Didi –"hermana mayor" en hindi, término común que se utiliza en el norte de India para dirigirse a las mujeres en edad adulta–, con 40 chicas a su cargo, narra Nagalaksmi despacio, con un hilo de voz apenas perceptible.
"Éramos todas niñas que habíamos sido captadas en los pueblos. Allí, sentadas alrededor de nuestra Didi, éramos expuestas para que cada cliente eligiese la que más le gustaba. Yo me negué. Les dije que podía hacer las tareas de la casa, cualquier cosa, pero no 'eso'. Entonces me enteré de que había sido vendida por Ramanama y los otros dos hombres, a mi Didi, por 70. 000 rupias", detalla.
El incremento de secuestros y desapariciones de mujeres y niñas durante la última década en Andhra Pradesh se ha situado en un 161,26%, según la Oficina de Registro de Crímenes india.

Las consecuencias de decir "no"

"En la casa había un cocinero que me dijo que tenía orden de dejarme sin comer hasta que atendiera a los clientes, pero yo seguía negándome", continúa exponiendo pausada. "Le dije a mi Didi que la iba a denunciar a la policía, pero ella me contestó que quién me iba a hacer caso si ni siquiera sabía hablar hindi. Un día, el cocinero, que también era el vigilante, me ató a una silla con ayuda de otros dos, machacó chile picante y me lo puso en los ojos. Se me hinchó la cara, me dolía mucho y pasé mucho miedo".
En ese momento Nagalaksmi, que ha venido a la entrevista tapada hasta la cabeza y apenas tiene los ojos al descubierto, interrumpe su relato y rompe a llorar. Pasarán más de cinco minutos hasta que pueda recuperar el habla.
"Pasé tres años allí encerrada. No colaboraba y los clientes me trataban muy mal. Me quemaban con cigarrillos. Un buen día mi Didi le dijo al cocinero y vigilante que se ausentaría una noche y, sin saber por qué, el cocinero me ayudó a huir. Me pagó el auto-rickshaw [motocarro indio que hace las veces de taxi], me dio dinero y fue el propio chófer que me llevó a la estación quien me compró el billete de tren. Yo no sabía nada. Y nunca gané dinero, así que nunca pude enviar dinero a casa, por lo que, de regreso, mi familia me rechazó. La gente me rehuía, todos hablaban de mí a mis espaldas, era una apestada".
Los cerca de 47 ºC que en esta época del año calcinan a fuego lento esta región del planeta mantienen la oficina de la Fundación Vicente Ferrer del distrito de Kadiri, donde se desarrolla la entrevista y uno de los muchos proyectos contra la violencia hacia la mujer que tiene repartidos por este estado sureño, en un ambiente de bochorno climático, pero también emocional, casi irrespirable.
"Al tiempo me enteré de que la Fundación había abierto un centro de acogida para mujeres. Al principio no quise venir, pensaba que mi vida era así, llena de problemas, y nadie podía solucionarlos. Iba a trabajar al campo para ganar algo de dinero, pero había pasado tres años a la sombra y el sol me molestaba muchísimo, por lo que al final decidí acudir. Aquí me concienciaron, me ayudaron mucho [psicológicamente] y me concedieron un microcrédito para que pudiese abrir mi propio negocio".
Hoy Nagalaksmi tiene un colmado –pequeños quioscos casi ambulantes cuyo símil europeo sería el de un ultramarinos– y quiere pedir otro microcrédito para ampliar el negocio. También lidera un grupo de acogida que cuenta con 16 mujeres que pasaron por su misma situación. "Denuncié a Ramanama, que sigue en la cárcel, pero los otros dos hombres, poderosos, siguen en libertad. Al año de regresar me enteré de que el vigilante que me había salvado la vida y que era ya mayor había muerto, y al poco también murió mi Didi. Es su hermana la que sigue ocupando hoy en día su puesto".
Cuando se le pregunta cómo imagina su futuro, no duda en responder: "Lo imagino como una vida digna".
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[Este fotoperiodista está tentado de pedirle a la "migrada" –eufemismo con el que se protege la realidad de muchas menores que fueron víctimas de la trata con fines de explotación sexual– que se levante el velo para que le deje ver su sonrisa, pero no reúne el ánimo suficiente y prefiere centrarse en retratar la viveza de unos ojos desafiantes que aún siguen luchando por tirar adelante. Es la mirada de demasiadas mujeres en un rincón del mundo abandonado a su propia (mala) suerte].
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Nagalaksmi, 34 años, su infierno comenzó cuando apenas sumaba 12 © Rafa Gassó

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martes, 11 de febrero de 2014

Òscar Tardío Benítez: In memoriam (II)


In Memoriam: Òscar Tardío Benítez from Kiku Comino on Vimeo.

Juli me pidió que presente los videos que ha preparado Kiku. Todo un honor para mí, porque Kiku fue, junto con todos vosotros, uno de los primeros regalos que me hizo Óscar. O más bien los videos de Kiku, porque conocí antes los videos del Kiku que al propio Kiku. Hace unos años me encargaron fotografiar una boda y los clientes también querían video. Yo entonces no hacía video y contándoselo a Óscar, porque yo hablaba mucho con Óscar de fotografía y de curro, me dijo: “Pues tengo un colega que hace unos videos que se te va la olla”. Una frase muy de Óscar, eh. “Que se te va la olla”. En fin.
El caso es que como tenía que presentar estos videos, hablé esta semana con Kiku por Skype. Es curioso, pero sabéis que Skype, cuando se abre, te saca por defecto las últimas conversaciones que tuviste, y allí apareció un grito que decía “¡Morral!”, que era una de las formas que Óscar y yo utilizábamos para llamarnos. “¡Morral!” Ahí se había quedado congelada mi última conversación con Óscar. “Morral” era como me llamaba mi abuelo. Que yo utilizase esta expresión con Óscar es muy significativo. Mi abuelo fue una de las personas que más ha influido en mi modo de ver la vida y en mi personalidad. Murió hace 26 años y aún sigo hablando con él. Y me está pasando lo mismo con Óscar. Mi abuelo era un hombre bueno, duro como una roca, pero bueno y justo, con un sentido de la decencia y de la honradez exacerbado. No era un hombre serio. Ni mucho menos. Era un tío muy divertido. Un hombre que sabía reírse de si mismo y de todos los demás, pero de él primero. Un hombre que contagiaba la risa. Un hombre en el que te podías apoyar porque sabías que nunca te dejaría tirado. Un hombre que sabía distinguir perfectamente cuándo había que utilizar la palabra y cuándo el coraje, cuándo era tiempo para la paz y cuándo para la guerra. Amigo inquebrantable de sus amigos, si había que utilizar una u otra no le temblaba el pulso, os lo puedo asegurar. Exactamente igual que Óscar. Por eso yo le llamaba Morral. Porque mi sentimiento hacia él es el mismo que tuve hacia mi abuelo. El de admiración y profundo cariño hacia el perfecto compañero de armas con el que avanzar, hacia delante, sin descanso, en esta batalla que es la vida. De hecho, sin ser creyente, sólo hablo con dos personas que ya no están entre nosotros: Una es mi abuelo y la otra es Óscar.
“Iré a cualquier parte siempre que sea hacia adelante”, dijo uno de los mayores exploradores y viajeros de este mundo, el Dr. Livingstone, supongo. Sin miedo. Y sin mirar atrás. Como el viento, un elemento muy presente en este video que vais a ver. A veces suave, a veces huracanado. Pero siempre viento hacia adelante.
No es casualidad que a Óscar lo conociese en medio del viento, en la costa atlántica de Marruecos, en Essaouira, en la plaza, posiblemente, con más viento del mundo. Allí estaba él. Tomándose un té. Sonriente, con esa mirada que ponía de corderito, incapaz de matar una mosca… Aparentemente. Porque esa es otra cosa que siempre me impresionó de Óscar. Su determinación para sacar pecho, y su capacidad para resolver problemas rápido y evitando sulfurarse demasiado. “Si se puede, se puede y si no, ¡a otra cosa, mariposa!”, otra de sus frases míticas. Recuerdo que al poco de conocernos fuimos a hacer una excursión a una playa muy bonita que está muy cerca de Essaouira, y que se llama Sidi Kauki. Fue la primera vez que conduje su catxarret, por cierto, hablando de cosas míticas. Al llegar la hora de comer, aquello es medio desierto, medio playa, no encontrábamos ningún lugar. Y de pronto, en medio de la nada, vemos lo que parecía un bar, por llamarlo de alguna manera, una construcción de adobe perdida de la mano de Dios. Allá que vamos. Bueno, pues si éramos creo que 5  comensales, el tipo, que era una especie de Torrente, debía llevar diez años sin duchar, lleno de lamparones, nos saca, para los cinco, una especie de tapa de huevos de camello enana y asquerosa, por la que además nos quería cobrar una pasta. Yo llevaba unos meses viviendo en Essaouira, se suponía que conocía la zona, y quizá por eso me sentí responsable y me indigné. Muchísimo. Mucho. Quería matarlo. Entonces Óscar, muy como era él, respirando hondo, me dice: No te preocupes. Enviamos a este tío a la mierda y saco embutido que he traído del Maresme: Choricito, salchichón, jamón… Y os invito a comer. Así era Óscar. A mí me iba a reventar la vena del cuello de la rabia que sentía en ese momento y él ya se había hecho con la situación sin grandes aspavientos. Práctico y resolutivo. Estas semanas, viendo trabajar a Juli, organizando todo esto, con esa fuerza y entusiasmo que tiene, pensaba mucho en esto. Pensaba, coño, ya sé de dónde le venía a Óscar tanta fuerza y tanta templanza. Son los Tardío Benítez. En fin, nuestra amistad fue como un flechazo, por qué no decirlo. Es curioso esto porque Óscar, cuando te hablaba de alguien, cuando te lo describía, solía decir: “Es un tío que enamora”. Y en realidad el encantador de serpientes era él. Era él quien enamoraba. Supongo que nos conocimos en un momento vital muy parecido, los dos estábamos en un punto de inflexión muy importante de nuestras vidas, y quizá por eso congeniamos muy bien.
Y el viento nos llevó a la India, otro de los países que veréis en este video. Era el primer viaje que de alguna manera sellaba un pacto. Me explico: En mi experiencia he llegado a la conclusión de que hay dos tipos de mochileros. Los que aprenden a viajar en África y los que lo hacen en India. El había aprendido a ser viajero en África y yo en la India. Yo le abriría las puertas de India y él, a cambio, lo haría de África. Son dos continentes parecidos, pero lo cierto es que el que ha empezado primero con África, luego India le cuesta. Y al revés. Y ese fue el caso de Óscar. India no le entró bien, pero como era un tío muy práctico y resolutivo, decidió darle la vuelta a la tortilla y sacarle partido. Así que fue un viaje muy divertido donde el “Morral” pasó a convertirse en el “Polvorilla”, como le llamaban en el trabajo. Al principio se puso excusas. Yo recuerdo despertarme a eso de las 9h, ver que la habitación de Kiku y Óscar estaba cerrada, ellos solían compartir habitación, y pensar, bueno, pues ya se levantarán. Bajar a desayunar y entonces encontrarme con Óscar, que ya llevaba horas levantado, explicándome nervioso: “Que vengo del internet porque se me ha ido la olla. Yo en unas semanas empiezo la temporada de la nieve y no sé qué hago en este país de mierda, a ver si me van a echar del curro, porque yo debería de estar trabajando, en Andorra, y no aquí. Y me he liado con las fechas y se me ha ido la olla. Y esto está lleno de mierda, y yo quiero ducharme con agua limpia, y me está picando todo”. Al final solucionó lo del trabajo y de ahí pasó al otro extremo. De pronto te venía y te decía: “Tío, he pensado que podíamos torear una vaca. Hay mogollón”. En ocasiones como esa se le podía frenar y menos mal, porque la vaca es el animal más sagrado de India y si le haces algo puedes acabar en Guantánamo. O cuando quería comprobar si es cierto que los elefantes le tienen pánico a las ratas. Elefantes y ratas, dos cosas muy fácil de juntar en India. Ahí sudabas. Yo recuerdo que hasta el tío negociaba sus compras en perfecto español. Decía, “¡Bah, si estos me entienden perfectamente!”. Y lo acojonante es que era verdad. Le entendían. Pero otras veces no había forma. Lo sabe Kiku y lo vais a ver vosotros en el video, como cuando se puso a vender menús en los restaurantes de Nueva Delhi, demostrándole a los indios cómo hay que trabajar. O como cuando decidió comerse un chile picante de un solo bocado para demostrar que los indios eran unas nenazas y estuvo una noche entera sin poder hablar, con la garganta calcinada. De lo que más recuerdo de ese viaje es a Óscar con una “idea” nueva cada 5 minutos, y yo quitándosela de la cabeza y diciéndole: “Tío, vamos acabar en comisaría”. O el viaje al Templo de las Ratas, ¿eh, Kiku? India, templo y ratas, qué combinación. ¿A quién se le ocurrió que era una buena idea ir a visitar un templo dedicado a las ratas en India? Sólo vi una vez a Óscar con cara de mosqueo, y sale en este video, en la escena en la que vamos en un taxi, saliendo de Rishikesh, en el que su cara de agobio es total. Y eso es antes de ir al Templo de las Ratas. Incredible India. Porque el resto del viaje lo recuerdo con muchas risas y muchas anécdotas que me vais a permitir que no cuente. Óscar y yo éramos muy de cumplir pactos entre caballeros, y sólo hubo uno que no pudo ser: Que fuese él quien me abriese las puertas de África. No pudo ser y no sé si algún día volveré a querer viajar a África.
El viento, conforme me trajo un buen día a Óscar, un buen día se lo llevó. Viento somos. Algún día, el viento me llevará a mi también. Ese día volveremos a volar juntos, en mar abierto, por detrás de las estrellas.
Te quiero, compañero eterno. Siempre en mi corazón.

lunes, 10 de febrero de 2014

The true history of a moratón


Contaré su historia, mi historia, la historia de esta foto. Es mediodía y estamos en Sudder Street, la calle con más vida de toda Calcuta (sic), apenas 200 metros en los que se concentran toda clase de hoteles, espacios con más o menos brillo para comer y viajeros de todo pelaje y condición. Es el mes de febrero y el frío e incómodo invierno que hiela la piel de Delhi hasta Benarés, ha sido sustituido por el tibio calor húmedo que empapa, aún amable, el estado de Bengala Occidental. Se agradece ir en manga corta, rescatar las sandalias de la mochila, olvidar los vaqueros desde la primera hora del día, esa en la que el fresco es ya sólo estival, de verano mediterráneo. He llegado por primera vez a la ciudad en un tren que ha cruzado durante toda la noche, renqueante, el último tramo oriental de esa franja semi norte que atraviesa India de este a oeste. A las 7 de la mañana.
He tenido mucha suerte. He encontrado una habitación digna y barata, sin baño y enana pero bastante limpia, a la segunda, y para celebrarlo he salido raudo a dar una vuelta de reconocimiento por el barrio sin pasar por la ducha. Allí voy a pasar las próximas y últimas semanas de mi estancia en India, antes de volar a Bangkok y plantarme en Myanmar de un salto y de vacaciones. Ouyeamadafaca! Llevo cerca de tres meses comiendo polvo, a pico y pala, enfangado en barros varios, teñido de mierda, y ahora me siento como un colegial ante la inminente llegada de las vacaciones. El reloj debe de marcar las 11am y decido comer. Tengo hambre y según la Ley del Errante, “Si tienes hambre y hallas comida, come”. Aunque no sean horas. Nunca se sabe cuándo volverá la oportunidad. Y así es. Localizo un puesto callejero con mucho salero y algunos turistas, pido unos chicken noodles al jefe, CEO, camarero y cocinero, todo en una, y una enorme y rica y fría Coca Cola que me llevo puesta, dando sorbos, y tomo asiento en uno de los taburetes tamaño liliputiense que aún queda vacío. Miro alrededor, sonrío a los demás comensales. Despliego la antena, llegan mis noodles, dejo la Coca Cola en el suelo y devoro los tallarines. Un indio adolescente gigante y con Síndrome de Down al que llevo observando desde que me he sentado allí merodea en un negocio que hay en la acera de enfrente; para a todo el mundo por la calle, les coge de la mano casi al azar, y si es que se fija en otra cosa que llame más su atención, suelta a la presa y cambia de objetivo. Como yo en este caso. De repente, repara en mi plato y en mi Coca Cola, deja al último turista que tenía cogido de las manos, y sin apartar la vista fijamente de una y otra cosa -mi plato, ahora vacío, y mi Coca Cola, que está a un tercio de ser terminada-, cruza de tres o cinco zancadas rápidas y certeras, sin vacilar, hasta mi posición, y al llegar frente a mí frena, y sin mediar palabra, como si estuviera jugando al juego del pañuelo, agarra mi Coca Cola y sale corriendo. A la carrera. Literalmente. Miro alrededor. Sonrío estúpidamente. A mi esto me pasa muy a menudo, je je. je j… je… j… 
Pero ya no me pasará. El ser humano también puede ser rata que aprende con rapidez. Debe ser mi segundo día en Calcuta. Vuelvo a comer donde ayer. Otra vez lo mismo. Me lo veo venir. El adolescente gigantón con Síndrome de Down que juguetea con los turistas que pasean frente a él, en la puerta del negocio que hay enfrente del puesto de comidas callejero en el que yo me hallo sentado, vuelve a fijarse en mi Coca Cola en cuanto pongo el plato de noodles, ya vacío, en el suelo. Pero esta vez la agarro con rapidez, cosa que al adolescente gigantón no parece importarle. Sin mediar palabra, se abalanza sobre mí y trata de arrebatarme la Coca Cola. ¿La verdad? Me importa unos cojones, no pienso darle mi Coca Cola y suave, pero con la misma fuerza con la que él me empuja, trato de apartarlo de mi con una mano mientras que con la otra sujeto la dichosa Coca Cola; sonriendo, con cara de circunstancias. En eso el jefe, CEO, camarero y cocinero, todo en una, del tinglado, sale al grito en mi defensa, y dándole cariñosas patadas en el culo y unas cuantas collejas, lo saca de allí. Me sonríe y me pide perdón. Es su padre. Yo a su vez le sonrío y le digo que no pasa nada. No hay ningún problema. Así lo siento. De verdad. Observo al adolescente gigantón que me mira de reojo desde la acera de enfrente. ¿Se habrá quedado con mi cara? No sé por qué pregunto. Tampoco cuántos días han pasado ya desde que llegué a Calcuta.
Ahora son las seis de la mañana. La ciudad comienza a desperezarse y curiosa y contrariamente al resto de India, a esas horas todavía no se ve mucha gente por el barrio. Yo espero, fumándome un piti frente al hotel donde se aloja una de las compañeras de voluntariado en la Fundación de la Madre Teresa donde me he puesto a colaborar, a que baje a la calle. Solemos ir juntos, paseando, al sobrio desayuno –dos rebanadas de pan de molde, a pelo, un plátano y un té-, que la Fundación ofrece antes de que cada voluntario salga hacia su destino. Daya Dan, el hospicio para 26 niños de todas las edades, hasta los 30, con parálisis cerebral, que han sido recogidos de la calle, es el mío. 
Y en esas estoy, fumándome un piti, haciendo fotos con el móvil a ese espacio inusualmente desierto y en silencio para mi proyecto Instagramindia, mientras espero a que baje a la calle mi colega, cuando de pronto, de la nada, aparece caminando directamente hacia mí… el adolescente gigantón con Síndrome de Down de todos los mediodías. Me coge de la mano y empieza a balancear su brazo y, obvio, de paso, también mi brazo. A la par. Me sonríe. Le sonrío. Quiere bailar. O jugar. Supongo. A su manera. El problema es que llevamos cinco minutos balanceando ambos brazos, el suyo y el mío, en la misma dirección, con la misma frecuencia, y en algún momento, en cuanto baje mi colega, por ejemplo, habré de soltarme e irme a la Fundación de la Madre Teresa. Ni tiene sentido ninguno que ambos balanceemos nuestros brazos eternamente en una coreografía sin fin, ni mi brazo suficiente resistencia muscular como para no descansar de una serie de unos 200 movimientos seguidos. Intento desengancharme de mi amigo haciendo fuerza pero sin dejar de sonreír... Y él también sonríe y a cada movimiento mío en el que trato de soltarme, me agarra más y más fuerte. Empiezo a inquietarme y a pensar que mi destino está en la esquina de esa pequeña bocacalle en la que me tiene atrapado. El colega parece dispuesto a no soltarme jamás. Meterle un puño en la cara y salir al trote, del rollo “a mi que me registren, yo no he hecho nada; sí, algunos gritos he oído, pero no sé, yo pasaba de largo, es que llego tarde a un voluntariado”, no es que me parezca excesivamente cínico a esas alturas, la verdad. Básicamente, me sabe mal la posibilidad de golpear a un chaval con Síndrome de Down y de última desconozco cuál podría ser su reacción, porque lo cierto es que es gigante y tiene mucha (bastante) más fuerza que yo. Podría levantarme con una mano y reventarme contra el suelo sin pestañear, no me cabe la menor duda. Tampoco habría forma de justificar una escena rollo pressing catch de un turista occidental vs. un chaval indio con Síndrome de Down, pero el caso es que mi colega sigue sin bajar y no pasa nadie, ni Dios ni Brahma ni Vishnu ni Shiva por la calle. Solos el chaval y yo, forcejeando absurdamente. Yo queriendo soltarme y él agarrándome más fuerte, je je. je j… je… j… ¿Cuánto ha pasado? ¿Cinco, diez minutos…? De pronto aparecen de la nada, como apareció mi amigo el gigantón hace ya tantísimo tiempo, tres indios, quienes al comprender, rápido, la situación, se abalanzan de un salto sobre el gigantón y el gigantón se abalanza ya todo él sobre mí, abrazándome como para agarrarme más fuerte y que nadie le suelte de mí, mientras los tres indios estiran de él. La situación es cómica. E incómoda. En una de esas, en un golpe coordinado, los tres tiran a la vez con fuerza y logran soltarle de mí como quien descorcha una botella de vino a presión. En esos momentos también aparece mi colega, que abre la puerta del hotel y le indico con un gesto que tire hacia delante. ¡No pares, ahora te cuento! Estoy estresado. Y dolorido. Me quito la camiseta, compruebo los "daños". Me hago una foto. Esta:
:)
Y ya.
FIN.
¿Qué queríais, una obra de Shakespeare?
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